10 junio 2007

LOS AMOS DEL CIRCO TRANQUILOS Y SIN NERVIOS

Un trabajo acerca del tema de la política comunicacional y sus estrategias del momento
Están llenos de dinero que usan para financiar conspiraciones; para sostener periódicos como el Nazional -este, por cierto, con suculentas pautas publicitarias de la Alcaldía Mayor- o El Uniberzal; televisoras como Globoterror; decenas de emisoras de radio y centenares de medios regionales. Entre esa plutocracia asesina y grosera y el pueblo no hay posible reconciliación. ¡No seamos pendejos!...
Por: Martín Guédez


En forma aplastante y definitivamente intolerable el dinero está imponiendo gobiernos en el mundo. Es angustioso ver como las democracias no son el producto de la voluntad popular sino un requerimiento del poder hegemónico. Ni siquiera son los estados al servicio de este poder hegemónico sino virtualmente él mismo poder plutocrático quien pasa a la ofensiva y actúa. Unas pocas transnacionales lo controlan todo y lo determinan todo a su voluntad. Las elecciones terminan siendo la continuación por medio políticos de aquello que ya poseen por medios económicos.

Esta nueva plutocracia global va tras la disolución de los Estados-nación; unas veces haciendo propuestas ideológicas que tiendan a su reingeniería; otras reduciendo su autoridad, su radio de acción y sus funciones. En última instancia atándolo a los intereses de la estructura económica global. Colocando al estado a su servicio más allá de lo que fue imaginable hace apenas unas decenas de años.

Globalización, superpoder económico y democracia representativa forman parte de este modelo promovido por las grandes centrales plutocráticas del poder económico mundial. El objetivo es alcanzar una gobernabilidad bajo sus designios en todo el planeta. Un itinerario planificado hacia un Nuevo Orden Global donde las nacionalidades y los estados no tienen cabida. Tampoco las especificidades culturales. Ese Nuevo Orden requiere de consumidores uniformizados. La producción a escala planetaria choca con las costumbres particulares de los pueblos del mundo. En otras palabras, el negocio global requiere de consumidores de hamburguesas o coca-cola sin mayores hechos diferenciales que compliquen la homogenización.

Cuando vemos que cualquiera de estas transnacionales factura en un mes sumas mayores que el presupuesto de un año de más de la mitad de las naciones del mundo, no debería sorprendernos de que lado está el poder de decisión en el mundo. Luego, cuando vemos como este poder inmenso va privatizando estados y reformando sus instituciones hasta ponerlas a su servicio, tampoco debería sorprender a nadie como usan su dinero para colocar en el poder a sus cómplices políticos.

En este momento, más el 72% del comercio mundial está bajo el control de unas 500 transnacionales. Este dato es aún más terrorífico en las economías de los países del llamado tercer mundo. No llegan a diez las transnacionales que controlan la mitad de las inversiones extranjeras en estos países. Preguntarse quien tiene el poder en el mundo es poco menos que estúpido.

Lo que hemos visto estos últimos tiempos en nuestra patria no son sino signos de este poder plutocrático en acción. Ocurre que a veces sus acciones se hacen más de bulto. Se notan más. Tienen que salir a esa luz que tanto les disgusta. Sin embargo es la acción planificada, invisible y muchas veces inaudible de un poder altamente organizado que se empeña en sustituir el Estado-Nación por el Estado-Administrador.

No es extraño que en el ojo de la tormenta el árbol no permita ver el bosque. En Venezuela, por ejemplo, el pueblo, en forma intuitiva pero ingenua, mira hacia los agentes visibles de este poder omnímodo. La mayor parte de las baterías y esfuerzos revolucionarios están dirigidas hacia los payasos del circo y se obvian los dueños. Diariamente respondemos a los ataques grotescos de estos malos payasos de feria. Se colman los pocos medios y espacios de que disponemos, de respuestas a las triquiñuelas de un Miguel Ángel Rodríguez, Leopoldo Castillo o Roberto Giusti. Lo mismo ocurre con los espacios televisivos o radiales. Muchas veces le hacemos propaganda a sus agotados espacios, otras tantas terminamos ofreciéndoles audiencia. En pocos casos -quizás ninguno-, se reflexiona que estos payasos existen porque hay quienes les pagan, porque hay unos dueños del circo.

Detrás de la algarabía conjunta –la de los payasos de ellos y la nuestra-, están los verdaderos amos del circo sin recibir siquiera el leve roce del pétalo de una rosa. ¿Existiría Aló Ciudadano sin las pautas millonarias de Movistar, El Palacio del Blummer, Banesco, Laboratorios Lilly o Automercados Gamma? ¿No puede decirse lo mismo de los grandes medios que tanta atención nos merecen? ¿Alguna vez se les ha identificado ante el pueblo? ¡No!

Lamentablemente reactivos, sólo atendemos a responder con relativo éxito el concierto de los canes ladrando. Detrás de ellos, tranquilos, plácidos y maquinando, están los verdaderos enemigos. No porque estos payasos miserables no lo sean, sino porque lo son en virtud del excelente negocio que les resulta el serlo. ¡Más nada! ¡Que buen negocio es el antichavismo! ¡Sólo Leopoldo Castillo factura más de 250 millones de bolívares mensuales! ¡Este miserable sólo hace lo que le mandan! ¡Cuantas energías positivas perdemos embistiendo el trapo que la plutocracia marrullera nos mueve! Entre tanto, los amos medran agradecidos en las sombras porque -como los murciélagos-, le tienen pavor a la luz!

Estos a quienes atacamos cada día, acaso para satisfacer una parcela de los nuestros más fogosos, no son los verdaderos amos. Ninguno de estos enemigos aparentes –los que dan la cara-, lo serían sin los recursos que reciben. Sin esos mecenas no habría SÚMATE, ni Comando Nacional de la Resistencia, ni muchachos de las universidades privadas haciendo bailoterapia, ni nada de nada. “Cabeza e motor” tendría que regresar a su triste oficio de desvalijador de carros. Desaparecerían como las sombras cuando el sol se levanta. Olvidarlo es perdernos.

Por: Martín Guédez

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